lunes, 13 de diciembre de 2010

De mal que sufrimos


Estoy harto de la personas que no respetan a nadie y tratan de aprovechar su condición en perjuicio de los demás.

Cada día es más frecuente encontrarse con ciertos personajes que se amparan en una supuesta respetabilidad para obviar a quien no consideran un igual.

Es habitual encontrarse a estos seres en cualquier sitio y nunca desaprovechan la ocasión para pisar a quien haga falta para conseguir su objetivo.

Para este tipo de personas las reglas son las que imponen ellos. No hay regla de conducta socialmente aceptada que les incumba a ellos. El egoísmo, la presunción, la hipocresía,...

En la mayoría de las ocasiones suelen ser mujeres que dejaron su edad fértil más de treinta años atrás. Y es algo que se repite en cualquier tipo de establecimiento sin importar su categoría. Habitualmente, cuando más gente hay a la espera de recibir el servicio o de abonar lo adeudado, estas señoras obvian al resto de clientes y deciden que ellas son las que tiene más prisa y, por lo tanto, que tienen derecho a saltarse la “cola” y ser las primeras en ser atendidas.

Utilizan diversas técnicas. Una -la más habitual- es hacerse las despistadas y de manera descarada ponerse las primeras aunque sea a costa de propinar algún codazo o pisotón. En estas ocasiones, si alguien osa a reconvenirlas -quién va a protestar por un despiste de una pobrecita señora mayor, viuda, pensionista y desvalida- ellas se afanan en pedir disculpas y decir que no se han dado cuenta, añadiendo un “si no les importa, no tardo nada”. Han logrado su objetivo.

Hay otra técnica que utilizan las más pudorosas en lograr su objetivo. Normalmente esta modalidad es utilizada en supermercados o tiendas en las que se forman largas colas a la hora de pagar y la suelen emplear quienes consideran que adquirir un solo producto les da derecho a evitar la larga espera. Su frase es siempre: “les importa, llevo sólo una barra de pan...” Como esperan una respuesta afirmativa -pues las personas de bien suelen ser pudorosas y no les gusta provocar enfrentamientos- al mismo tiempo que emiten la frase están ya depositando su compra en el mostrador.

Esta segunda técnica suele tener éxito también, salvo que en la cola se encuentre alguien intransigente -y quizás algo provocador- como yo. Recientemente, mientras estaba apunto de depositar los productos del rebosante carrito en el mostrador de la caja registradora de una tienda de una red de supermercados de reconocido prestigio, un educado señor de mediana edad -honrosa excepción a la habitualidad- se situó a mi vera y al tiempo que depositaba dos barras de pan en el mostrador soltó la conocida frase de “les importa, llevo sólo...”. “Sí, sí me importa”, contesté con firmeza. El buen hombre, no debió entender lo que le decía o se quedó muy descolocado por la inesperada respuesta, porque con una sonrisa algo forzada siguió con el gesto de depositar sus barras de pan en el mostrador. “Qué sí, que sí que me importa, que no le autorizo a que pase delante de mí: guarde Ud. la cola como todo el mundo”.

En el rostro de aquel buen hombre se notó su rubor. Trató -o esa impresión me dio- de balbucear algo que no logré entender. Fue un ruido gutural que reflejaba al mismo tiempo la petición de disculpas con un insulto a mi persona. Al menos eso supuse. El caso es que recogió sus barras de pan y se puso a la cola.

Cuando me giré y contemplé los rostros atónitos del resto de clientes que esperaban su turno, por un instante, me entraron dudas por mi actuación. Me vino a la mente la posibilidad de que alguien me reconviniera por mi actitud y se montara el “pollo”. Que, como es habitual en la España actual, alguien gritara “¡facha!”, otro contestara que “tu p... madre”, que otro dijera “sois todos unos rojos de m...”. En fin, temí que se politizara el incidente.

Gracias a Dios, imperó la cordura y nadie dijo absolutamente nada. Es más percibí en alguna de las miradas de mis compañeros de espera un sentimiento de aprobación e incluso de agradecimiento.

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