jueves, 13 de noviembre de 2008

No soy setero


Señores, odio la micología. Antes, aún no teniéndolo por un manjar, podía comer setas en un revuelto o como guarnición de un guiso suculento. Incluso rebozadas las he comido y me han estado relativamente buenas (iba decir sabrosas, pero nunca una seta estará sabrosa). Por supuesto, también he tomado raciones de champiñón a la plancha con sus ajo laminado y taquitos de jamón en los bajos de la Plaza Mayor...

Pero desde que se ha puesto de moda que durante los fines de semana de otoño, cualquier chandalista de Madrid o alrededores, tome su coche, se adentre en la sierra madrileña (para los provincianos que se puedan ofender: vertiente Sur de la Sierra de Guadarrama), aparque en cualquier cuneta y se adentre a pie en alguna zona más o menos boscosa a la búsqueda de setas, no puedo ni verlas.
Es suficiente que un plato lleve entre sus ingredientes cualquier tipo de hongo, para ser causa de su inmediato rechazo.

Sólo deseo que a todos esos señores que se adentran en el bosque con su cesta de mimbre al brazo, les asalte el lobo feroz y se los coma. Y, por Dios, que no aparezca ningún cazador salvador.

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