lunes, 26 de noviembre de 2007

San José de Cupertino. Patrón de los Estudiantes (jetas)


José nació en el año 1603 en un pequeño pueblo italiano al pie de las montañas. Su padre, carpintero autónomo, había tratado de ampliar su negocio contado con la financiación nada altruista de un conocido rabino. La incesante inflación de la época y la subida de los tipos interés, ahogaron las expectativas de negocio y los escasos bienes de la familia del futuro santo fueron embargados. El padre murió arruinado y la madre tuvo que criar en su triste viudez al pequeño José.

Nuestro protagonista era un poco bobalicón. Mal alimentado y peor instruido, pasaba su tiempo recostado en cualquier esquina mirando boquiabierto a los viandantes, con un reguero de baba que caía desde la comisura de sus labios hasta el suelo. Quedaba abstraído y ausente al poco de iniciar cualquier actividad. Más que un poco bobalicón, desde su más tierna infancia, José era conocido por todos como el "tonto del pueblo" (institución también arraigada en la Italia de la época).

Su madre, un tanto harta de tener que cargar con la rémora que suponía su hijo, decidió, siguiendo la costumbre de la época, mandar al niño con el clero. Pero como la falta de sagacidad del muchacho saltaba a la vista, los padres franciscanos lo rechazaron. La madre de nuestro héroe tuvo que luchar para que finalmente, cuando José tenía ya 17 años, unos capuchinos lo admitieran como hermano lego en su orden. Aunque como quiera que más que lego era lelo, a los ocho meses lo expulsaron por inútil. Tras su frustrado paso entre hábitos, su madre consiguió que un pariente rico, en pago de antiguos favores, lo admitiera como sirviente en su casa, pero como el muchacho “no servía para nada” lo mandó de vuelta al hogar materno.

No dejan claro los cronistas de qué artes se valió la progenitora de José para que finalmente fuera admitido como chico de los recados en un convento franciscano, pero el caso es que al final, Gracias al Altísimo, José encontró el lugar que la Divina Providencia le venía guardando: el establo del convento.

Entre asnos, José fue cultivando su espíritu y, poco a poco, con su beatitud en el trato con sus semejantes fue ganándose el respeto y admiración de los padres franciscanos que años atrás lo habían rechazado. El milagro se había obrado y fue admitido como religioso en la Orden. A partir de entonces, sus hermanos en la Fe le marcaron un nuevo y esperanzador destino: el sacerdocio.

Los tiempos pasados en el establo no había contribuido a que las capacidades intelectuales del joven de Cupertino se desarrollaran convenientemente y entre abstracciones con el paso de una mosca, siestas sobre los libros abiertos, tardes pasadas en la puerta de biblioteca pública echando pitillos con otros compañeros de estudios, partidas de mus en la cafetería y demás actividades propias del estudiante de todos los tiempos, llegó el momento del primero de los exámenes: “Exégesis del Evangelio”.

Aunque era una de sus asignaturas preferidas, no le había dado tiempo a estudiarse todo el temario. De los ciento cincuenta temas sólo uno conocía: “Bendito el fruto de tu vientre Jesús”. Llegó al examen nervioso y asustado pues sabía que el resultado no podía ser otro sino defraudar a sus hermanos franciscanos. Tomó asiento en el Aula Magna procurando situarse detrás de un reconocido empollón. No quería dejar escapar la oportunidad de ejercitar con orgullo la principal labor que los frailes de su orden habían desempeñado hasta que Gutemberg les fastidió el negocio. Al fin y al cabo era una forma de honrar el pasado de sus queridos hermanos.

Los nervios de José estaban a flor de piel. El examinador se situó en el centro de la amplia sala con un Evangelio en su mano. Lo abrió. José se encomendó al Altísimo. El examinador aclaró su garganta. José echó una última mirada al empollón de delante para comprobar que veía perfectamente su examen. ¡Maldita sea!, estaba tapando el folio en blanco con su brazo. La última oportunidad se había perdido. No había salida. La frustración se apoderó del indomable espíritu del futuro santo. Una imprecación blasfema empezó a aflorar por su labios, cuando la voz del examinador inundó la sala: “Bendito sea el fruto de tu vientre Jesús”. La Intercesión Divina volvía a aparecer en su camino. Examen de diez y orgullo de sus hermanos.

José era ya un modelo de estudiante. Con el beneplácito de sus hermanos, se instauró la costumbre de estudiar en la biblioteca municipal en vez de hacerlo en su celda del convento. Sin lugar a dudas, los resultados del muchacho avalaban su responsabilidad. Todas las mañanas salía camino de la biblioteca con sus libros bajo el brazo, pero entre obras de caridad que se veía obligado a realizar y los momentos dedicados a calmar, entre cafés y partidas de cartas, las atribuladas almas de algunos compañeros, el momento del examen final se fue aproximando sin que José hubiera abierto los libros.

Y llegó el día del examen final ante el Obispo de la diócesis. Se trataba de una prueba oral en la que los examinandos debían defender durante al menos una hora los aspectos más intrincados de la Cristología y la Escatología. Éste sí parecía ser el fin de José.

Todos los comparecientes al examen de acceso al sacerdocio estaban muy preparados, excepto quien se pueden imaginar. El Obispo fue interrogando a los aspirantes y se maravillaba con la exactitud y profundidad de sus respuestas. Uno tras otro los futuros sacerdotes daban muestras de una preparación sobresaliente. José, según se aproximaba su turno, iba empequeñeciéndose y abochornándose. La excelsa capacidad oral, la retórica y la argumentación de los examinados enorgullecía al Obispo, al tiempo que José sentía una ansias infinitas de salir corriendo de aquel lugar. No podía permitir que llegara el turno de su interrogatorio y hacer el más estruendoso de los ridículos. Debía indisponerse. Un acceso febril junto con apretón sería la mejor solución. José aguantó la respiración para que la tonalidad de su rostro se sonrojora, al tiempo que conseguía que unas lágrimas afloraran de sus ojos. Se llevó su mano derecha al vientre al tiempo que se encogía. Alzó su mano izquierda para solicitar permiso para ausentarse ante al repentina indisposición. En ese preciso momento, Su Eminencia interrumpió el discurso de quien precedía en turno a José. "¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?". Aprobado general. José, el niño tonto de Cupertino, era sacerdote. Nuevamente la Providencia de Nuestro Señor le había señalado.

El 18 de septiembre de 1663 falleció José de Cupertino en loor de santidad. Fue un Santo Varón que a pesar de su afición al éxtasis en sus años de sacerdocio, pasó al Altar de la Iglesia como el más digno ejemplo de estudiante que supera sus incapacidades. Por ello fue canonizado y hoy es el Patrón de los Estudiantes.
Si alguno de ustedes, agradecidos lectores, es estudiante, no olvide antes de cualquier examen tener un momento para la oración y encomendarse a San José de Cupertino. A lo mejor la intercesión del Santo consigue suplir su desconocimiento. Aquí tienen un enlace a su Oración y Novena

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Raúl y la Selección


Es sorprendente que transcurridos ya más de dos meses desde la fundación de “El Gallinejo” todavía, a pesar de mi condición de seleccionador nacional –como buen español-, no haya vertido opinión alguna sobre el noble arte balompédico.

Reciente aún la heroica clasificación de nuestros bravos muchachos para el próximo Campeonato de Europa de Selecciones que se celebrará el próximo verano, he decidido aportar mi granito de arena al gran debate nacional: Raúl y la selección.

Debería declararse totalmente ilegal (de momento sólo es muy ilegal) que el seleccionador nacional de fútbol no convocase a quien ocupe el cargo de capitán del “real madrid” en cada momento. Así se terminaría la polémica. No es justo que se consienta que cualquier mindundi sin historial blanco e inmaculado a sus espaldas quede impune ante la afrenta de dejar en casa a quien lleva sobre sus hombros la responsabilidad de ser guía de la más noble institución española.

No tiene sentido seguir evitando lo que el pueblo español pide unánimemente. Que se dicten los Decretos ley que sean necesarios, pero, por favor, que de una vez se reconozca al “real madrid” como su historia merece. Bastaría con unas simples medidas que, hasta la irrupción de Luis Aragonés, podrían considerarse de poco intervencionistas. En concreto:


1.- Sólo podrá ser seleccionador nacional de fútbol quien acredite una notable hoja de servicios para la “casa blanca”
2.- Para que la selección española pueda recibir ese apelativo –el de “española”- de los jugadores convocados, dos terceras partes deberán ser jugadores del “real madrid” y una sexta parte deberán haber jugado o haberse formado en las categorías inferiores del club.
3.- El capitán del “real madrid”, será siempre el capitán de la selección española. Si casualmente se encuentra lesionado ocupará su cargo en la selección otro jugador del “real madrid”.
4.- El estadio oficial de la selección será el Santiago Bernabéu, aunque se consentirá que el combinado nacional juegue en provincias cuando el presidente del “real madrid”, por un interés superior de la institución que dirige, así lo decida.
5.- La camiseta nacional será blanca. La camiseta roja se utilizará como segunda equipación.
6.-En sesión conjunta de las Cortes se hará un manifiesto en el que se declare solemnemente que los repetidos fracasos de nuestra querida selección se han debido a la aportación negativa de todos aquellos tuercebotas que han jugado con la “la roja” sin haber pertenecido nunca al “real madrid”

Con estas sencillas normas, estoy convencido de que, aparte del reconocimiento que el “real madrid” se merece, nuestra selección sería más nuestra y estaría más próxima la ansiada consecución de la Copa del Mundo.

Aúpa España, aúpa.

Cambio de rumbo. Adiós a "Z"

Algún lector me ha llamado la atención porque en prácticamente todas las entradas de esta bitácora aparece nuestro presidente “Z”. Y tiene razón, es muy cargante tenerle siempre por medio, así que he decidido que por un tiempo no lo voy a mentar (excepción hecha de esta entrada, como es obvio).
Au revoir, Monsieur Prèsident.

viernes, 16 de noviembre de 2007

El incidente

Por fin ha llegado el momento de exponer mi opinión

Crisis diplomática


Tras una profunda reflexión sobre los últimos acontecimientos acaecidos con nuestro monarca –el Rey de España-, creo que ha llegado el momento de dar mi docta opinión sobre la tensa situación de las relaciones diplomáticas españolas con lo que, en tiempos, fueron las Españas de Ultramar.

Todos hemos sido testigos de la noble y viril reacción de Su Majestad ante la incontinente verborrea del Presidente Chávez que amenazaba con acallar para siempre el fluido verbo de nuestro querido Presidente “Z”. La imagen de Don José Luis Rodríguez Zapatero balbuceando, mientras el “Gorila Rojo” -adalid de los pueblos oprimidos- asestaba improperios contra su antecesor en el cargo –el Sr. Aznar- nos sobrecogió a todos. Al contemplar tamaña tropelía contra nuestros queridísimos presidentes, sentimos cómo nuestra Nación estaba siendo pisoteada; cómo nuestra Democracia –otrora, luz de guía para muchos pueblos- estaba siendo enterrada en el lodo de la demagogia; cómo el rojo y gualda de nuestra enseña se teñía de luto por el óbito de nuestra Patria; cómo la sinrazón de la atea fiera zahería hasta la muerte a la reserva espiritual de occidente;…

Pero, como Santiago a lomos de su blanco corcel, cual Rodrigo de Vivar a lomos de Babieca, o un redivivo Alejandro galopando sobre Bucéfalo, Don Juan Carlos interrumpió el oprobio: “¿Por qué no te callas?, hijo de Belcebú, ¿o prefieres que la forja toledana de mi espada atraviese tu cuerpo”… y el señor de los monos se calló.

Las reacciones a tamaña gesta – ya la altura de Covadonga, las Navas de Tolosa, Bailén y Perejil en el imaginario patrio- no se hicieron esperar y los analistas más concienzudos –incluidos los pagados por Ferraz y Génova- coincidieron en apoyar la acción de nuestro monarca con una sobrecogedora unanimidad.

Pero, gracias a Dios –porque Dios ama la discrepancia-, el diputado del grupo socialista, Francisco Garrido, ha hecho oficial su más rotunda oposición a la heroicidad de nuestro amado monarca. El Sr. Garrido ha condenado los "modos diplomáticamente inaceptables" del Rey al "mandar callar al presidente de Venezuela y de abandonar la sala ante la intervención del presidente de Nicaragua”.
No nos debemos dejar sorprender por su indignación. Es más, quizás deberíamos apoyar su tesis. Este señor es un padre de la Patria, diputado elegido por el pueblo español en elecciones libres y democráticas y nos representa a todos y cada uno de nosotros. No como el Sr. Rey, que no ha recibido ningún voto para ser Rey, como muy bien sabe el “Gorila Rojo” -y se ha encargado de recordarnos esta semana, dejando de lado cualquier atisbo de demagogia-. En toda democracia que se precie de llamarse así, el Rey es elegido año a año en elecciones generales, como por ejemplo ocurre en países de honda raigambre democrática como…, bueno, alguno habrá.

A lo que iba, apreciados lectores, no nos debemos sorprender por la actitud de tan noble varón socialista. No es la primera vez que el Sr. Garrido defiende a personajes de la talla del presidente Chávez. Sin ir más lejos hace unos meses este diputado propuso que se reconocieran los derechos humanos para los monos, porque todos somos iguales. Sí señor, ahí sus huevos. No pidió que se reconocieran los derechos “moniles” a los monos. Pidió, han leído bien, no es una errata, que se reconocieran los derechos del Hombre a los Monos…

Como miembro activo del Proyecto Gran Simio y siguiendo con su valiente lucha en pos de la extesión de la democracia y la libertad por todo el Universo no podía dejar de pasar la oportunidad de defender al Rey de la Manada. Un nuevo mundo es posible y si no lo creen, escuchen al diputado del año (por favor, escúchenlo hasta el final).


Más información en www.proyectogransimio.org

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Mis más sinceras disculpas


Pues la verdad que tienen razón mis queridos lectores. No se puede dejar tanto tiempo abandonada una bitácora de estas características. En su breve historia ya se ha convertido en guía de pensamientos y oráculo de intenciones para los cientos de personas que la siguen. He de pediros, admirados lectores, mi más sincera disculpa y sumarme a vuestras merecidas muestras de reprobación por mi molicie y desgana. No entraré en las excusas habituales de "el trabajo", "la familia", "la falta de tiempo", "una larga y grave enfermedad"... no. No he escrito en el blog porque no me ha dado la gana y eso, para un opinador profesional como yo, es una tacha de difícil enmienda.

Por mi incalificable actitud he dejado de dar mi opinión de experto jurista sobre la sentencia del 11-M que nos ha dejado sin moro intelectual, sin trama asturiana, sin ETA, sin guerra de Irak, sin mochila, sin cloratita y sin yo que sé cuantas cosas más. Lean, lean Uds. la sentencia y luego me hacen un resumen para que emita mi docto dictamen.

Por mi dejadez, he perdido la oportunidad -como admirable filántropo que soy- de pontificar sobre la situación de los pobres altruistas de "El Arca de Zoe" en el Chad y la fulgurante operación rescate encabezada por ¿Moratinos?

He dejado de analizar -como experto publicista que soy- la campaña de imagen que la familia Mac Cann está haciendo por el mundo con sus lloros, lamentos, entrevistas, paseos...

Para un experto gramático que bebe de las fuentes de Nebrija y su escuela, haber dejado pasar la oportunidad de opinar sobre la "Z" de zopenco que todo lo inunda, no tiene perdón de Dios (uy, perdón).

Los que nos dedicamos a la intermediación y especulación inmobiliaria, sabemos que el frenazo del mercado del ladrillo puede traer graves consecuencias, por lo que no debería haber evitado emitir mi opinión sobre la inauguración del Residencial Francisco Hernando en Seseña (Toledo).

Tantas y tantas oportunidades para opinar son las que he perdido que sólo la indulgencia de mis lectores podrá mitigar algo las tribulaciones de mi afligida alma.

Ya lo dijo Mac Arthur, "Volveré"... y volvió. De momento, "ole, ole, ole somos españoles"